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Soy Sol

Photo by Laura Del Valle©                    Photo by Laura Del Valle©

(BSO de este microrrelato: Ponte bajo el Sol de Elia y Elizabeth )  

Hay cosas que sabes y otras que no.

Yo, por ejemplo, sé que soy Sol, o al menos, que estoy hecha del mismo.

Está en mis huesos y me lo llevo en la cara, en la piel, allá por dónde voy. El saberlo me calma, me tranquiliza como ninguna otra cosa en el mundo. Si busco Sol y salgo a su encuentro (y lo encuentro) el día se cierra en un círculo perfecto, sin fisuras.

No sé lo que me hace, lo desconozco. Sólo sé que lo soy.

Y saberlo es todo. Más en un mundo donde casi nada es seguro, ni si quiera una misma … Saber algo con tanta seguridad y, sobre todo, sin ningún atisbo de duda, es TODO.

Es la vida misma.

No recuerdo ya quién me dijo una vez que al simplificar se hallan las respuestas, que todo se disipa y se encuentra lo que se busca… Cuando se vive navegando en un mar de dudas, con vientos inestables, saberse Sol la convierte a una en el náufrago más privilegiado de todos: aquel que ya lo tiene Todo.

Y lo sabe.

Señorita Cabeza

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Des-propósito

                    Photo by Laura Del Valle©

Es curioso ver cómo nos cambia la vida. No me refiero sólo a esos cambios que vienen dados por las experiencias o los aprendizajes propios, no. La vida nos cambia, nos sustituye por algo que antes de ese cambio no existía. Ver, observar, mirar de cerca ese proceso es bien curioso.

Esta mañana, sin ir más lejos, he sufrido en mis propias carnes uno de esos cambios.

Al levantarme de la cama me he sentido raro, extrañamente cansado al principio, y he comprobado más tarde que lo que en realidad sucedía es que ahora pesaba el doble de kilos que anoche a las doce y treinta y cuatro. ¡El doble! Haber engordado tres o cuatro kilos durante la noche me parece razonable ( siempre dependiendo, eso sí, de lo soñado) Pero ¿¡ Dos veces mi peso!? Lo considero claramente un despropósito.

Más gordo y con mucho más pelo por centímetro cuadro de piel, he salido de la cama un poco contrariado e incluso debo admitir, algo molesto. Al menos podía haberme avisado… Después del primer café y el segundo cigarrillo lo he encajado mucho mejor, he aceptado mi nuevo yo. Solamente he necesitado un poco de tiempo para digerirlo, mirarme detenidamente en el espejo tras la ducha y, sobre todo y por encima de todas las cosas, no intentar entenderlo.

No intentar comprender porqué ahora mi cabello es cano y mis ojos azules, casi grises. Porqué todas mis curvas de mujer treintañera con suerte han desaparecido. O dónde estará en estos momentos la nariz de mi abuelo que siempre tuve. Dónde habrá ido…

Limpio el vaho del espejo con la palma de la mano, hago un círculo bien grande para verme bien. Y la verdad sea dicha: para tener cerca de cincuenta años no estoy nada mal. Se nota que debí haber sido deportista en mis años mozos por qué aún mantengo una complexión fuerte, unos músculos definidos. En contra de lo que pensé esta mañana al levantarme, me gusto más de lo que imaginaba. Lo qué no sé es qué me voy a poner para vestir este cuerpo maduro y nuevo a la vez, para vestir este otro sexo.  Busco y rebusco por la casa hasta que por fin encuentro un pantalón de pana y una camiseta raída de los Who. Seguramente pertenecieron a alguno de esos chicos con los que antes de hoy yo compartía mi vida (o más bien mis noches) Me pruebo la ropa y me la dejo puesta. Me va bien.

Un zumo de naranja y otro cigarro. Leo solamente las entrevistas de la revista dominical que tenía en casa. De pronto me apetece mucho salir a pasear por la ciudad. Madrid está preciosa en primavera. Pienso en llamar a alguno de mis amigos, pero la agenda de contactos de mi móvil está vacía.

Obviamente.

Me resigno y, esto es extraño, no echo de menos a nadie. De hecho, ni si quiera recuerdo sus caras, sus nombres. Ya no tengo que darle más vueltas, ahora está sonando el teléfono y ya sé que esa llamada cambiará el rumbo de mi día. Con la misma mezcla de ilusión y curiosidad que tiene un niño al abrir un regalo me dispongo yo a contestar el teléfono. En la pantalla se puede leer “Clara Llamando” ­

– Hola …

– ¡Hola Julio! ¿Cómo estás, hombre? Descubro mi nombre, Julio, en una voz de mujer muy familiar, amiga.

– Bien. ¿Y tú?

– Bien también. Aunque podría estar mejor. ¿Quieres hacer feliz a tu editora favorita Julito? Mi editora … ¿Eso es lo que hago? ¿Eso es lo que soy?

– Supongo que sí. ¿Qué necesitas?

– Escribe. Escribe. Escribe.

La llamada termina. Cierro los ojos unos segundos y me siento.  Siento que debo hacer caso a Clara.

Y lo hago.

Señor Humo


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LUIS FRANCISCO PÉREZ

Filmmaker - Cineasta - Formador audiovisual

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