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De Arte

Photo by Laura Del Valle©

Photo by Laura Del Valle©

Arte por todas partes.
En cada esquina, debajo de las mesas, cuando miras hacia arriba, arte en el Rincón.
Solamente hay que abrir bien los ojos, aunque no siempre es así: otras veces basta con cerrarlos para ver bien, para verlo todo.
No es necesario saber de arte, tener conocimientos adquiridos a base de horas de estudio, ni siquiera sirve entender o intentar entender. No se le puede dar la espalda o correr en dirección opuesta, ignorarlo.

Todas las expresiones artísticas, todas, las humildes y las grandes obras, golpean en la cara, echan jarros de agua fría en nuestros sentidos y los despiertan. Basta con dejarse llevar, sentir. Escuchar bien qué es lo que nos quiere decir esa pintura colgada de la pared o esa música callejera que entra por la ventana.

Y aceptarla tal cual es. Y disfrutarla. El arte no se comprende, se siente, se acepta y luego se la deja ir.

En un lugar del barrio donde la gente se reúne por las mañanas para tomar café y charlar de una mesa a otra, se respira arte. Objetos hechos a mano se venden a precio artesano detrás de la barra. Colores y humo de cigarros y olor a bollos envuelven las paredes. Y en las paredes fotografías de gran tamaño llaman a gritos que las miren a todo aquel que entra por la puerta.
Entre todas ellas hay una impresionante. Literalmente impresiona mirarla. Es como si estuviera rodeada de luces de neón y flechas pintadas señalándola. Llama la atención. Y aún no sé bien porqué. Puede que sea la luz que desprende (o quizás la que refleja) o puede que sea también por sus colores, que son los de una hoguera que lleva horas ardiendo: El rojo del terciopelo del sofá, el amarillo casi blanco, cálido, de la piel de la pierna; el naranja Sol en las caderas y su hombro, la plata que adorna su brazo, el profundo negro de su pelo y de sus ojos.
Unos ojos que no puedes dejar de mirar porque te hablan, te piden que no te vayas, que sigas sentado frente a ellos, mirándolos. Pase lo que pase fuera, seguirás mirándolos porque sabes que tienen algo que decirte.

Creo que podría estar aquí horas.

Creo que hay algo familiar en la chica de la fotografía que no me deja irme, que me hace volver a sentarme en frente de ella y perderme en su arte.
De alguna manera siento que ya la he visto antes de conocerla. Ella ya es parte de mí, desde hace mucho, mucho tiempo. Esos ojos los he visto yo mil veces antes de hoy en un lugar al que sólo yo sé ir.
Debe ser precisamente por eso por lo que me ha impactado tanto este pedacito de arte. La identificación brutal e inesperada con algo que se cruza en mi camino.

Bendita casualidad que me regala estos momentos.

No voy a intentar tenerla, colgarla en mi salón, no quiero saber su precio porque no pienso comprarla, ni siquiera voy a fotografiarla para verla cuando quiera.
No quiero porque ya es mía.
Forma parte de mí de una manera que asusta y estimula a la vez. Ya la tengo para siempre porque siempre ha sido mía. Y he tenido que verla colgada de la pared de un café del barrio para darme cuenta. Comprender así que lo que siempre he visto es real y está dentro de mí, para ofrecerlo o para conservarlo, pero ya está dentro de mí.
El arte, que está por todas partes y que nos golpea, también nos enseña. Lecciones que cada uno debe aprender a leer porque están escritas en ese idioma que, sólo cada uno de nosotros, conocemos y podemos hablar.

Un código secreto entre lo admirado y el admirador que sólo ellos conocen y que comparten durante toda la vida.
Eso es magia, la magia del arte que nos rodea.

Señorita Cabeza

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En Directo ( Primera parte )

Photo by Laura Del Valle ©

                     Photo by Laura Del Valle©

Me gusta que los domingos acaben con música en directo. El de la semana pasada comenzó, como todo buen día que se precie, sin más pretensiones que la de tomarse un café al Sol.

Miles de cañas e historias después, los que quedábamos fuimos a un concierto en un bar de los de toda la vida, en uno de los barrios más auténticos y video-vigilados de la ciudad.

Adictos desde la primera dosis. Y es que es lo que tiene la música en directo : que engancha.

Mientras  los músicos (que en realidad eran hombres-orquesta disfrazados de viejos roqueros ) se intercambiaban la guitarra por el bajo y el bajo por la batería, me daba tiempo a reflexionar sobre la singularidad de la música recién hecha.

Lo extraordinario del directo reside en lo efímero que es. Las notas tocadas con un ritmo determinado durante un período de tiempo finito producen una red de energía concreta y única que se teje entre todos los asistentes al acto. La música tocada y escuchada sin ningún tipo de filtro o soporte nace y muere ante nuestros oídos. Tiene una vida corta y muy intensa que es precisamente lo que la convierte en algo tan especial. Único e irrepetible.Tal y como debió de ser ver tocar al maestro zurdo su Fender Estratocaster, algo único e irrepetible. Pero también parecido (salvando las distancias kilométricas) a escucharme  intentar tocar mi guitarra, sin duda menos interesante pero también único.

Lo que me llama poderosamente la atención es la capacidad de la música para convertirnos en protagonistas. Sabida su principal característica ( su singularidad con fecha de caducidad ) uno se convierte en privilegiado espectador de algo que sólo por esta noche, en esta sala y de esta manera va a suceder. Testigo principal de algo que acontece por y para ti, ya que como medio de comunicación y expresión que es, la música perdería su sentido sin su público.

Su público.

Nos sabemos afortunados de ver y escuchar, agradecidos de formar parte de una vibración energética que mueve montañas. Estamos aquí y hemos venido a bailar.

Dejarse llevar por el cuerpo y éste, a su vez, por la música es uno de los mayores placeres semi-terrenales de los que aún podemos gozar. Canta, gritar hasta que no sale ni un hilo de voz, corear el estribillo junto al cantante y el resto del público. Tener “un momento” con ese músico, mirarse a los ojos durante unos segundos y compartir la magia del instante (hecho éste constatado por la experiencia a pesar de contar con innumerables incrédulos entre sus detractores ) Las mariposas en el estómago que vuelan mientras haces cola para entrar, mientras te haces un hueco en primera fila para disfrutar. La satisfacción del final, como la que sientes por todas esas cosas bien hechas que un día te propusiste hacer.

La grandeza de la música en directo hay que vivirla para comprenderla. Sentirla con los ojos cerrados y las caderas sueltas para entenderla. Hay que asistir a un concierto o encontrárselo de repente, puede ser el concierto de tu vida, la banda que llevas siguiendo desde que eras un adolescente o puede ser que sea la primera vez que ves a esos chicos tocar en una esquina de la plaza.

En esencia, todo es lo mismo: Emociones y experiencias vestidas de canción que se presentan y se despiden la misma noche.

Los domingos que acaban con algo así son perfectos.

Y los lunes.

Y los martes, los miércoles …

Señorita Cabeza


SINSUEÑO

todavía recuerdo cuando podía dormir

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Pensamientos, literatura, vida, sentimientos

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La página -más bien- literaria de Luis Tarrafeta

8 Smoking Barrels

No pudimos llamarnos "The Wild Bunch"

LUIS FRANCISCO PÉREZ

Filmmaker - Cineasta - Formador audiovisual

El Humo De La Cabeza

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