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Acerca de El Humo De La Cabeza

"La mayor parte de los libros han nacido, realmente, de vapores y humos de la cabezas" O eso decía Nietzsche. Nosotros no sabemos ni lo que decimos, así que a mí no me pregunteis, si acaso… señaládme con el dedo.

De Arte

Photo by Laura Del Valle©

Photo by Laura Del Valle©

Arte por todas partes.
En cada esquina, debajo de las mesas, cuando miras hacia arriba, arte en el Rincón.
Solamente hay que abrir bien los ojos, aunque no siempre es así: otras veces basta con cerrarlos para ver bien, para verlo todo.
No es necesario saber de arte, tener conocimientos adquiridos a base de horas de estudio, ni siquiera sirve entender o intentar entender. No se le puede dar la espalda o correr en dirección opuesta, ignorarlo.

Todas las expresiones artísticas, todas, las humildes y las grandes obras, golpean en la cara, echan jarros de agua fría en nuestros sentidos y los despiertan. Basta con dejarse llevar, sentir. Escuchar bien qué es lo que nos quiere decir esa pintura colgada de la pared o esa música callejera que entra por la ventana.

Y aceptarla tal cual es. Y disfrutarla. El arte no se comprende, se siente, se acepta y luego se la deja ir.

En un lugar del barrio donde la gente se reúne por las mañanas para tomar café y charlar de una mesa a otra, se respira arte. Objetos hechos a mano se venden a precio artesano detrás de la barra. Colores y humo de cigarros y olor a bollos envuelven las paredes. Y en las paredes fotografías de gran tamaño llaman a gritos que las miren a todo aquel que entra por la puerta.
Entre todas ellas hay una impresionante. Literalmente impresiona mirarla. Es como si estuviera rodeada de luces de neón y flechas pintadas señalándola. Llama la atención. Y aún no sé bien porqué. Puede que sea la luz que desprende (o quizás la que refleja) o puede que sea también por sus colores, que son los de una hoguera que lleva horas ardiendo: El rojo del terciopelo del sofá, el amarillo casi blanco, cálido, de la piel de la pierna; el naranja Sol en las caderas y su hombro, la plata que adorna su brazo, el profundo negro de su pelo y de sus ojos.
Unos ojos que no puedes dejar de mirar porque te hablan, te piden que no te vayas, que sigas sentado frente a ellos, mirándolos. Pase lo que pase fuera, seguirás mirándolos porque sabes que tienen algo que decirte.

Creo que podría estar aquí horas.

Creo que hay algo familiar en la chica de la fotografía que no me deja irme, que me hace volver a sentarme en frente de ella y perderme en su arte.
De alguna manera siento que ya la he visto antes de conocerla. Ella ya es parte de mí, desde hace mucho, mucho tiempo. Esos ojos los he visto yo mil veces antes de hoy en un lugar al que sólo yo sé ir.
Debe ser precisamente por eso por lo que me ha impactado tanto este pedacito de arte. La identificación brutal e inesperada con algo que se cruza en mi camino.

Bendita casualidad que me regala estos momentos.

No voy a intentar tenerla, colgarla en mi salón, no quiero saber su precio porque no pienso comprarla, ni siquiera voy a fotografiarla para verla cuando quiera.
No quiero porque ya es mía.
Forma parte de mí de una manera que asusta y estimula a la vez. Ya la tengo para siempre porque siempre ha sido mía. Y he tenido que verla colgada de la pared de un café del barrio para darme cuenta. Comprender así que lo que siempre he visto es real y está dentro de mí, para ofrecerlo o para conservarlo, pero ya está dentro de mí.
El arte, que está por todas partes y que nos golpea, también nos enseña. Lecciones que cada uno debe aprender a leer porque están escritas en ese idioma que, sólo cada uno de nosotros, conocemos y podemos hablar.

Un código secreto entre lo admirado y el admirador que sólo ellos conocen y que comparten durante toda la vida.
Eso es magia, la magia del arte que nos rodea.

Señorita Cabeza

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Soy Sol

Photo by Laura Del Valle©                    Photo by Laura Del Valle©

(BSO de este microrrelato: Ponte bajo el Sol de Elia y Elizabeth )  

Hay cosas que sabes y otras que no.

Yo, por ejemplo, sé que soy Sol, o al menos, que estoy hecha del mismo.

Está en mis huesos y me lo llevo en la cara, en la piel, allá por dónde voy. El saberlo me calma, me tranquiliza como ninguna otra cosa en el mundo. Si busco Sol y salgo a su encuentro (y lo encuentro) el día se cierra en un círculo perfecto, sin fisuras.

No sé lo que me hace, lo desconozco. Sólo sé que lo soy.

Y saberlo es todo. Más en un mundo donde casi nada es seguro, ni si quiera una misma … Saber algo con tanta seguridad y, sobre todo, sin ningún atisbo de duda, es TODO.

Es la vida misma.

No recuerdo ya quién me dijo una vez que al simplificar se hallan las respuestas, que todo se disipa y se encuentra lo que se busca… Cuando se vive navegando en un mar de dudas, con vientos inestables, saberse Sol la convierte a una en el náufrago más privilegiado de todos: aquel que ya lo tiene Todo.

Y lo sabe.

Señorita Cabeza


Froid II

                    Photo by Laura Del Valle©

 

 

Salir de la cama para ir a trabajar.

El discurso de un rey.

La comida que se merienda.

Una buhardilla casi inhabitada.

La depresión.

El movimiento de las hojas de una planta en el alféizar de la ventana.

Los globos de agua.

El olor de un bar que está a punto de abrir.

Los dos besos de rigor.

Las cajas de latón.

La ausencia de talento.

El río del pueblo de mi padre.

El suelo de la cocina.

Una conversación con alguien a quién se quiso mucho y ya no se quiere.

Unas botellas rotas en el suelo de un callejón.

La lluvia en ese callejón.

Un cuerpo sin vida.

La falta de empatía.

Salir de la cama en plena noche para ir al baño.

El pelo muy muy corto.

Blanco.

El psicoanálisis.

Un sofá de cuero sin estrenar.

Una mirada sin expresión en unos ojos pequeños.

El vaho que se forma en una ventana visto desde dentro.

Los virus.

Las paredes que no son de terciopelo.

Un café con leche media hora después.

La letra “K”

La publicidad.

Napoleón Bonaparte.

Un tobillo subido a un tacón.

La soledad involuntaria.

La piel de una chica noruega.

Las iglesias con derecho a asilo.

La luz de una farola de madrugada.

Gris.

Salir de la cama para escribir.

La relación de un padre con un hijo al que no ha visto crecer.

Una gota de lluvia que se cuela por la nuca.

Los pingüinos.

La revolución Industrial.

La corriente de aire que se forma en una casa cuando se abren todas las ventanas.

El viento del Norte.

El dinero.

La inactividad que presentan las moléculas en la materia.

La luz de las luciérnagas.

El mármol.

Un hielo y un pezón.

Los contestadores automáticos.

Azul.

Los dedos de mis pies y la punta de mi nariz.

Las sillas de metal de una terraza amontonadas fuera de temporada.

Un escalofrío.

La superficialidad.

Un beso sin amor.

Salir de la cama.

Señorita Cabeza


En Directo ( Primera parte )

Photo by Laura Del Valle ©

                     Photo by Laura Del Valle©

Me gusta que los domingos acaben con música en directo. El de la semana pasada comenzó, como todo buen día que se precie, sin más pretensiones que la de tomarse un café al Sol.

Miles de cañas e historias después, los que quedábamos fuimos a un concierto en un bar de los de toda la vida, en uno de los barrios más auténticos y video-vigilados de la ciudad.

Adictos desde la primera dosis. Y es que es lo que tiene la música en directo : que engancha.

Mientras  los músicos (que en realidad eran hombres-orquesta disfrazados de viejos roqueros ) se intercambiaban la guitarra por el bajo y el bajo por la batería, me daba tiempo a reflexionar sobre la singularidad de la música recién hecha.

Lo extraordinario del directo reside en lo efímero que es. Las notas tocadas con un ritmo determinado durante un período de tiempo finito producen una red de energía concreta y única que se teje entre todos los asistentes al acto. La música tocada y escuchada sin ningún tipo de filtro o soporte nace y muere ante nuestros oídos. Tiene una vida corta y muy intensa que es precisamente lo que la convierte en algo tan especial. Único e irrepetible.Tal y como debió de ser ver tocar al maestro zurdo su Fender Estratocaster, algo único e irrepetible. Pero también parecido (salvando las distancias kilométricas) a escucharme  intentar tocar mi guitarra, sin duda menos interesante pero también único.

Lo que me llama poderosamente la atención es la capacidad de la música para convertirnos en protagonistas. Sabida su principal característica ( su singularidad con fecha de caducidad ) uno se convierte en privilegiado espectador de algo que sólo por esta noche, en esta sala y de esta manera va a suceder. Testigo principal de algo que acontece por y para ti, ya que como medio de comunicación y expresión que es, la música perdería su sentido sin su público.

Su público.

Nos sabemos afortunados de ver y escuchar, agradecidos de formar parte de una vibración energética que mueve montañas. Estamos aquí y hemos venido a bailar.

Dejarse llevar por el cuerpo y éste, a su vez, por la música es uno de los mayores placeres semi-terrenales de los que aún podemos gozar. Canta, gritar hasta que no sale ni un hilo de voz, corear el estribillo junto al cantante y el resto del público. Tener “un momento” con ese músico, mirarse a los ojos durante unos segundos y compartir la magia del instante (hecho éste constatado por la experiencia a pesar de contar con innumerables incrédulos entre sus detractores ) Las mariposas en el estómago que vuelan mientras haces cola para entrar, mientras te haces un hueco en primera fila para disfrutar. La satisfacción del final, como la que sientes por todas esas cosas bien hechas que un día te propusiste hacer.

La grandeza de la música en directo hay que vivirla para comprenderla. Sentirla con los ojos cerrados y las caderas sueltas para entenderla. Hay que asistir a un concierto o encontrárselo de repente, puede ser el concierto de tu vida, la banda que llevas siguiendo desde que eras un adolescente o puede ser que sea la primera vez que ves a esos chicos tocar en una esquina de la plaza.

En esencia, todo es lo mismo: Emociones y experiencias vestidas de canción que se presentan y se despiden la misma noche.

Los domingos que acaban con algo así son perfectos.

Y los lunes.

Y los martes, los miércoles …

Señorita Cabeza


Variaciones de la teoría del caos

                       Photo by Laura Del Valle©

Si supieran lo importante que son los abrazos para mí no me tendrían tanto miedo.

Un buen abrazo, de esos que se dan con todo el cuerpo, en los que descansas mientras te recogen … Un abrazo de esos puede salvar mi día, lo que desafortunadamente para los demás, no suele ocurrir con demasiada frecuencia. Un gesto como ese, de amor incondicional ya que se abraza sin consecuencias, no suele ser muy popular en nuestro día a día. Y por lo que la estadística particular me cuenta, un caso como el mío es menos propenso a los abrazos que el resto.

A saber, varón joven, estudiante de psicología a distancia reside a 1.200 kilómetros de su ciudad natal en una urbe enorme. Nadie lo conoce. No conoce a nadie. Es poco probable que sin alterar ninguno de estos factores reciba un abrazo durante los próximos días.

Hace tiempo que yo no miro a nadie a los ojos. No soporto la falta de vergüenza con la que intentan analizarme cada vez que entablamos contacto visual. ¡Qué se han creído! No los necesito, la pantalla de mi ordenador es el filtro perfecto para separarme de tanta desfachatez, e Internet mi tabla de salvación.

La última vez que alguien me tocó fue hace unos cuantos meses y además fue por error. Mientras esperaba a que el semáforo me diera permiso para cruzar la calle, una niña de unos cinco años me agarró de la mano y espero conmigo. Incrédulo por lo que estaba pasando, me dejé llevar por la emoción de ser testigo y protagonista a la vez de la inocencia de una niña, y apreté su mano dentro de la mía. Ella me miró buscando una cara conocida, al no encontrarla se soltó y mis dedos la perdieron. Corrió hacia su padre que venía andando unos metros más atrás de donde yo estaba . De un salto se abrazó a él con fuerza.

Esa misma tarde me arranqué todos los pelos de las cejas. Uno a uno.

Me acordé mucho de mamá. Siempre decía ¡Cuidado que quema! Y de un quiebro se apartaba cada vez que yo intentaba cogerle de su falda. La seguía por toda la casa intentando alcanzarla pero ella era más rápida ¡Cuidado que quema! Acababa cansado y dormido, abrazado a cualquier cosa, a cualquier cosa menos a mi mamá.

Ya ni si quiera considero la opción de pagar a cambio de contacto físico y humano. Hace más de un año desde que aquella chica se fue de este piso. Casi no podía andar, le temblaban las piernas, pero me juró que si la dejaba irse nunca nadie sabría lo que pasó esa tarde en aquella habitación. Y así fue.

No debería ser así ¿Para qué entonces poseemos un órgano tan extenso como la piel si no es para tocar y ser tocados? No debería ser así … no deberíamos tenerla si no podemos utilizarla ¿Cuál es el sentido de todo esto? Tocar, abrazar, acariciar … Pero no me está permitido, no me entienden. Y su ignorancia es mi rechazo y mi cárcel. Me toco, me abrazo, me acarició … pero no me siento. No hay nada. Nada debajo de tanta piel.

Tengo ganas de saltar por la ventana, de quemar el apartamento, de buscar a mamá …  Me falta el aire …

Me despiertan las voces de mis vecinos, estoy tirado en el rellano de mi piso, la cabeza apoyada en el felpudo. No consigo entender lo que dicen unos pisos más abajo, sólo comprendo el olor familiar a humo de barbacoa. Bajo aturdido por las escaleras y en el tercer piso encuentro a una mujer llorando, desconsolada, con una correa en la mano; a su lado su marido intentando calmarla.

Sigo bajando hasta la portería y veo cómo los bomberos recogen todo y se disponen a irse. En el trastero donde se guardan las bicicletas hay una mancha negra enorme que pinta el techo y la pared. En el suelo, restos de un saco de esparto quemado. La pata trasera de Tudor, el samoyedo de los del tercero, asoma por la esquina. El olor es insoportable.

Saco las manos de los bolsillos para atusarme el pelo. Subo las escaleras y llego a mi apartamento. Me deshago de la cuerda y echo lo poco que queda de gasolina por el inodoro. Tiro de la cadena.

Me miro en el espejo y acaricio mi reflejo.

Cuidado que quema.

Señor Humo


Des-propósito

                    Photo by Laura Del Valle©

Es curioso ver cómo nos cambia la vida. No me refiero sólo a esos cambios que vienen dados por las experiencias o los aprendizajes propios, no. La vida nos cambia, nos sustituye por algo que antes de ese cambio no existía. Ver, observar, mirar de cerca ese proceso es bien curioso.

Esta mañana, sin ir más lejos, he sufrido en mis propias carnes uno de esos cambios.

Al levantarme de la cama me he sentido raro, extrañamente cansado al principio, y he comprobado más tarde que lo que en realidad sucedía es que ahora pesaba el doble de kilos que anoche a las doce y treinta y cuatro. ¡El doble! Haber engordado tres o cuatro kilos durante la noche me parece razonable ( siempre dependiendo, eso sí, de lo soñado) Pero ¿¡ Dos veces mi peso!? Lo considero claramente un despropósito.

Más gordo y con mucho más pelo por centímetro cuadro de piel, he salido de la cama un poco contrariado e incluso debo admitir, algo molesto. Al menos podía haberme avisado… Después del primer café y el segundo cigarrillo lo he encajado mucho mejor, he aceptado mi nuevo yo. Solamente he necesitado un poco de tiempo para digerirlo, mirarme detenidamente en el espejo tras la ducha y, sobre todo y por encima de todas las cosas, no intentar entenderlo.

No intentar comprender porqué ahora mi cabello es cano y mis ojos azules, casi grises. Porqué todas mis curvas de mujer treintañera con suerte han desaparecido. O dónde estará en estos momentos la nariz de mi abuelo que siempre tuve. Dónde habrá ido…

Limpio el vaho del espejo con la palma de la mano, hago un círculo bien grande para verme bien. Y la verdad sea dicha: para tener cerca de cincuenta años no estoy nada mal. Se nota que debí haber sido deportista en mis años mozos por qué aún mantengo una complexión fuerte, unos músculos definidos. En contra de lo que pensé esta mañana al levantarme, me gusto más de lo que imaginaba. Lo qué no sé es qué me voy a poner para vestir este cuerpo maduro y nuevo a la vez, para vestir este otro sexo.  Busco y rebusco por la casa hasta que por fin encuentro un pantalón de pana y una camiseta raída de los Who. Seguramente pertenecieron a alguno de esos chicos con los que antes de hoy yo compartía mi vida (o más bien mis noches) Me pruebo la ropa y me la dejo puesta. Me va bien.

Un zumo de naranja y otro cigarro. Leo solamente las entrevistas de la revista dominical que tenía en casa. De pronto me apetece mucho salir a pasear por la ciudad. Madrid está preciosa en primavera. Pienso en llamar a alguno de mis amigos, pero la agenda de contactos de mi móvil está vacía.

Obviamente.

Me resigno y, esto es extraño, no echo de menos a nadie. De hecho, ni si quiera recuerdo sus caras, sus nombres. Ya no tengo que darle más vueltas, ahora está sonando el teléfono y ya sé que esa llamada cambiará el rumbo de mi día. Con la misma mezcla de ilusión y curiosidad que tiene un niño al abrir un regalo me dispongo yo a contestar el teléfono. En la pantalla se puede leer “Clara Llamando” ­

– Hola …

– ¡Hola Julio! ¿Cómo estás, hombre? Descubro mi nombre, Julio, en una voz de mujer muy familiar, amiga.

– Bien. ¿Y tú?

– Bien también. Aunque podría estar mejor. ¿Quieres hacer feliz a tu editora favorita Julito? Mi editora … ¿Eso es lo que hago? ¿Eso es lo que soy?

– Supongo que sí. ¿Qué necesitas?

– Escribe. Escribe. Escribe.

La llamada termina. Cierro los ojos unos segundos y me siento.  Siento que debo hacer caso a Clara.

Y lo hago.

Señor Humo


SINSUEÑO

todavía recuerdo cuando podía dormir

Engulletexto y Paladeapalabra

Reseña libre de literatura casual

keepdistance

+ información para + conciencia

Voulere

Pensamientos, literatura, vida, sentimientos

idosoidos.wordpress.com/

INSPIRATAS / INSPIRACIONES EXHALADAS {data en movimiento para planes plantas e planetas}

El lento ahora

La página -más bien- literaria de Luis Tarrafeta

8 Smoking Barrels

No pudimos llamarnos "The Wild Bunch"

LUIS FRANCISCO PÉREZ

Filmmaker - Cineasta - Formador audiovisual

El Humo De La Cabeza

Microrrelatos para Macromentes